La Serena ’10: Emociones Reales
El trono del Gran Duque (y Señora) es un poste de madera. Junto a la carretera tranquila sus poderosas formas parecen reinar sobre un espacio y un tiempo. El espacio es la dehesa fresca que el otoño ha humedecido. Su tiempo es éste, cuando la hora mágica, al atardecer, ha envuelto de luz romántica nuestra foto, y se irá fundiendo a negro. Sus majestuosas siluetas de ahora, reconocibles y contundentes, serán luego misterio. Ese es su reinado efímero.
Sí. Dos Búhos reales. Preciosos, enormes, sublimes. Jamás había visto alguno en libertad. Fue emocionante.
Era domingo por la tarde y volvíamos a casa. Dentro del coche, la calefacción enrojecía nuestras mejillas, como luces de stand by, cuando el madrugar, las emociones vividas y el sopor propio de esas horas envían la consciencia a niveles de metabolismo basal. La música baja permitía escuchar sobre ella respiraciones profundas, que denotaban diferentes estadios del alma, en el asiento de atrás.
Y en ese momento de cuaderno de campo cerrado y prismáticos ya enfundados se produce, al salir de una curva, la visión hermosa y soberbia de los búhos. Primero uno, luego otro. De un par de aleteos rotundos nos sacan del letargo, nos devuelven a nuestro estado natural de permanente jolgorio y nos invitan a regresar a su encuentro soslayando puntual y brevemente el código de circulación. Así, avanzamos un poquito en la carretera para dar media vuelta y recrearnos, gozosos, de nuevo con sus presencias. Otra última media vuelta para el deleite final y volver a casa con la secuencia registrada en la memoria. En alta definición, que es como se graba la ilusión compartida.
Moraleja de los Búhos reales: hay que estar alerta siempre en la ruta, allí en La Serena.
Lo que voy contando aquí es mi visión de las horas que pasamos en esta comarca extremeña en diciembre. A fin de que cada cual viva su experiencia, en nuestra web Carlos Segovia sirve en bandeja las herramientas, datos e indicaciones, con un punto de pasión, para afrontar con solvencia una ruta espectacular por La Serena.
A La Serena vamos a ver Grullas. Si tuviese que vender la marca Ornitología, llevaría allí a mis clientes potenciales. Y triunfaría: una Grulla en mitad de la dehesa, enfocada en el telescopio, cautiva; el grusgrús de las decenas de bandos de decenas de individuos (multiplica, lector, hasta muchos miles de aves), conmueve; la imagen de sus siluetas a contraluz, estirando la belleza del atardecer, es sencillamente mágica.
Hay en La Serena cónclaves deliciosos, apuestas seguras para el éxtasis ornítico. Aunque insistiré de nuevo en exaltar el esplendor de recorrerla. La Serena alberga paisajes diversos, tesoros evidentes y secretos acogidos a veces con descaro, a veces con disimulo. En la búsqueda de unos y otros nos presentamos allí, con el impecable plan trazado por Carlos, siete amigos, amantes de las aves y de los ratos de placer que de su observación se desprenden. Todo lo anterior garantiza, como así fue, una conjugación perfecta del gerundio: disfrutando.
El frío de La Serena suele exigir como indumentaria las mejores galas técnicas, pero no fue así esta vez. En los maleteros se amontonaban forros polares, cortavientos o gorros, por si acaso. Los dos vehículos en los que íbamos –siempre cerca- se comunicaban entre sí mediante sendas emisoras de radio. Con destino simultáneo a todos los viajeros, esta herramienta nos permitía: anunciar un avistamiento de Chorlitos dorados a la derecha; someter a votación la conveniencia de una parada en lugar ideal para las Gangas; presumir de haber visto antes que nadie un Aguilucho pálido; compartir alguna reflexión de aspecto emocional y estético, en relación al paisaje; convencer a los otros de que algunas Avefrías (de las miles que veíamos) no son lo que parecen; coincidir en que la cantidad de Ánsares este año es ingente; relatar, para la risotada común, alguna historia (divertida) de expediciones anteriores; reclamar atención a los baches del carril y los daños que sobre el vehículo pueden producir; rectificar lo dicho anteriormente sobre las misteriosas formas de las Avefrías; notar la ausencia de Sisones; exprimir un chiste de éxito; enfatizar lo bien que estuvo por la mañana el espectáculo de las Grullas en Moheda Alta; convenir en la dificultad de identificar a los aláudidos; solicitar un alto para fijarse en lo hermoso que es el Alcaudón sobre el cable o posado en la valla; aludir a la idoneidad (o no) del último plan anticrisis gubernamental; manifestar el asombro por la cantidad de anátidas vistas en tal embalse; o proponer que paráramos. Y parábamos.
Las paradas eran pequeñas obras de teatro de argumento parecido. Delimitado el escenario por los dos coches, los telescopios sobre los trípodes abiertos eran el decorado. Pese a que en marcha los vehículos iban prácticamente pegados, el guión de las paradas parecía dibujar un reencuentro feliz de los viajeros y no era raro ver saludos afectuosos, sonrisas cómplices y conversaciones desenfadadas mientras desplegábamos el material óptico. De duración variable, unas veces barríamos el paisaje en busca de un grupo de Avutardas camufladas sagazmente o para perseguir a un nuevo grupo de Chorlitos dorados. Otras, enfocábamos a una piedra camaleónica, pero eso: piedra. Cámaras de fotos, prismáticos al cuello y un repaso de algún plumaje en las guías eran comunes en las paradas. Igual que compartir con los otros el trocito de realidad que parecía generarse en cada telescopio.
Hubo paradas de la mañana en las que el guión consentía la ingesta de un licor, (se supone que para sobreponerse del frío, del que seguíamos sin noticias) al que acudíamos con algarabía. Igualmente ocurría con las galletas, las patatas fritas y demás viandas. Si la construcción del escenario de trípodes al que antes me refería se ejecutaba con exquisita coreografía, para compartir el licor tendíamos al guirigay.
Una prolongación ideal de una jornada estupenda de observaciones y magnífica de emociones, coronada con el prodigio de las Grullas al atardecer, camino de sus dormideros, era sentarse a la mesa todo el grupo para cenar en casa de Mari Ángeles. Allí teníamos nuestra particular Reserva donde, con el hilo conductor de la risa, repasábamos los temas más variopintos, analizábamos la poliédrica realidad, consensuábamos axiomas, discrepábamos sobre el mejor plato, soltábamos alguna BoBería, y, acabábamos resolviendo, que es gerundio, que lo estábamos pasando pipa.
Esta vez vinieron los Búhos reales a contarnos que los tesoros de La Serena son inéditos al insensible. Otras veces ha sido el Elanio azul, que no apareció en nuestras horas, el que parece dibujarnos en el cielo una metáfora, su cernido imposible, para decir que el disfrute, el acumular emociones, no decae.
Ya en casa, en el contador del coche leíamos 751 kilómetros recorridos. En su plan, Carlos preveía ¡750!. Así que le felicitamos:
- Nos hemos pasado en un kilómetro - apretábamos los demás su ego con el cilicio de nuestro reproche.- Para la próxima, afina.
Que yo me apunto.
Participamos: Ana Ledesma, F. Miguel Gutiérrez, Antonio Alcántara, Manuel Silva, Luis Morales, Carlos Segovia y Miguel Ángel Martínez
GALERÍA DE FOTOS

LISTA DE ESPECIES OBSERVADAS
Abubilla (Upupa epops)
Aguilucho lagunero (Circus aeruginosus)
Aguilucho pálido (Circus cyaneus)
Alcaudón real meridional (Lanius meridionalis)
Ánade real (Anas platyrhynchos)
Ánade friso (Anas strepera)
Ánade rabudo (Anas acuta)
Ánade silbón (Anas penelope)
Andarríos chico (Actitis hypoleucos)
Andarríos grande (Tringa ochropus)
Ánsar común (Anser anser)
Avefría (Vanellus vanellus)
Avión roquero (Ptyonoprogne rupestris)
Avutarda (Otis tarda)
Bisbita sp. (Anthus sp.)
Buitrón (Cisticola juncidis)
Búho real (Bubo bubo) (en el camino de vuelta)
Calandria común (Melanocorypha calandra)
Cernícalo vulgar (Lanius meridionalis)
Chorlito dorado (Pluvialis apricaria)
Cigüeña blanca (Ciconia ciconia)
Cogujada sp. (Galerida sp.)
Colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros)
Cormorán grande (Phalacrocorax carbo)
Cuervo (Corvus corax)
Estornino negro (Sturnus unicolor)
Estornino pinto (Sturnus vulgaris)
Focha común (Fulica atra)
Ganga (Pterocles alchata)
Garceta común (Egretta garzetta)
Garcilla bueyera (Bubulcus ibis)
Garza real (Ardea cinerea)
Gaviota reidora (Larus ridibundus)
Gaviota sombría (Larus fuscus)
Gorrión común (Passer domesticus)
Gorrión moruno (Passer hispanolensis)
Grajilla (Corvus monedula)
Grulla común (Grus grus)
Halcón preregrino (Falco peregrinus)
Jilguero (Carduelis carduelis)
Lavandera blanca (Motacilla alba)
Martín pescador (Alcedo atthis)
Milano real (Milvus milvus)
Mochuelo común (Athene noctua)
Mosquitero sp. (Phylloscopus sp.)
Ortega (Pterocles orientalis)
Paloma torcaz (Columba palumbus)
Pardillo común (Carduelis cannabina)
Pato colorado (Netta rufina)
Pato cuchara (Anas clypeata)
Perdiz común (Alectoris rufa)
Petirrojo (Erithacus rubecula)
Pinzón vulgar (Fringilla coelebs)
Polla de agua (Gallinula chloropus)
Ratonero común (Buteo buteo)
Ruiseñor bastardo (Cettia cetti)
Somormujo lavanco (Podiceps cristatus)
Tarabilla común (Saxicola torquata)
Tórtola turca (Streptopelia decaocto)
Triguero (Miliaria calandra)
Urraca (Pica pica)

